viernes, 26 de diciembre de 2008

Cosa rara


Y se vio de pronto caminando abrazada de alguien en un parque lleno de gente, y para su mayor asombro, esta vez no tuvo verguenza.
No tuvo miedo de que alguien la viera tratando de ocultar la ansiedad, el delito del enamorarse casi de pronto y de quién sabe quién.
No le importaron las miradas curiosas, ni las palabras venenosas, ni todos aquellos temores tontos, que tal vez le impidieron algún día caminar del brazo de alguien.
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jueves, 25 de diciembre de 2008

Navidad


Y de nuevo ocurrió. Quién sabe bajo qué constelación todo se acomodó para que un jueves cualquiera se encontraran de frente. No como se habían pensado el uno al otro, no como sonaban en el celular, no con el corazón en reposo ni la imaginación tranquila. Algo había cambiado para que de pronto, en un solo momento oscuro y frío, se reunieran en una breve palabra todas las ansías contenidas desde que lo descubrió mirándola y a ella sometida bajo esa mirada. Desde que se descubrió a sí misma pensando en él e imaginando una noche entre sus brazos. Algo llegó para sí, y de nuevo se vio escribiendo versos cursis en las hojas de su calendario, para un día no lejano recordarse en el mismo lugar, cuando de la mirada pasó al abrazo y del pensamiento a un latido constante, que la colocaban, ya sin escapar, en la vida de otro, de ese otro que jamás pensó.
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sábado, 13 de diciembre de 2008

Mi hora feliz

Mi hora feliz
es cuando por las mañanas
al abrir los ojos
tengo la oportunidad
de respirar
de observar el mundo
y de ver la gran oportunidad
que la vida
me está otorgando
una vez más
para poderte tocar
poderte respirar
y sentirte entre mi manos
que se quedan cortas
para poder gozar
todo tu ser.

Mi hora feliz
es cuando te digo te amo
y tú con una sonrisa
suave, pero sugestiva
me regalas el mundo
que nos rodea.

Mi hora feliz
es cuando te veo dormir
porque sé que dentro de unas pocas horas
volveré a tenerte sólo para mí.

César Chávez
Chihuahua, Chih
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viernes, 12 de diciembre de 2008

Ella se toma los naufragios como remedio, y yo pienso que soy capitán de barco

Ella piensa que después del naufragio principal cada uno de los siguientes la acerca más a la orilla. Y convencida de sí, huye de cualquier señal que la conduzca a enterarse que, uno a uno, los naufragios subsiguientes la han mandado más adentro en el mar. 

Ella cree que es posible escapar del sino de los abandonados si recurre a la vieja fórmula de los piratas: beber; ganarse la comida del día y beberse la noche con ron; dejarlo todo por un rato y a la mañana retomar las tareas del Sísifo interior: hundir su barco, el siguiente. 

Ella no tiene cabeza para reparar mastines y velas. Mejor hace de las astillas su esperanza, porque se ha vuelto especialista en construir, de los restos de cada hundimiento, un nuevo velero que la lleve a otro naufragio. Y confía en que ese que viene la arrime a tierra, y no: la conduce mar adentro. Mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, naufrago yo.


La primera vez que se le vio naufragar, flotaba abrazada de un amarre de cajas, cada una marcada así: “Frágil”. Pero no le duraron una tormenta, aunque ella quisiera. Esas cajas, las “Frágil”, no estaban para resistir a alguien; todo lo contrario, eran para garantizar el hundimiento, su hundimiento.

Ella piensa que es posible sacudir el mar. Cree que cada barco que hunde conmueve las entrañas del Enorme Extraordinario. Deliberadamente instalada en el engaño, cierra los ojos para no contar las astillas que le van quedando, cada vez menos. No se rinde aún frente a las señales que le dicen que muy pronto quedará sin posibilidades de maniobra y vulnerable, mar adentro de su propio corazón. Y mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, navego yo.

Mar adentro estamos muchos, los tantos que naufragan. Imposibilitados, nos resignamos a hundirnos; o mandamos luces de bengala (que nadie ve porque nos hemos alejado de la playa); o sacamos fuerzas para rehacer barcos que de inmediato hundimos; o somos de los pocos afortunados que ven a los lejos una luz oscura: la luz del otro.

(Me hago ilusiones: De sus pómulos obtengo el coraje; de sus alergias, que no conoce, construyo un timón; de su cabello negro rehago un casco, y proa y popa las saco de repetir su nombre. Junto mis astillas con las de ella, restos de incontables naufragios, y me nombro capitán de un barco al que ella no sabe que ya se ha subido. Piensa que después del naufragio principal cada uno de los siguientes la acerca más a la orilla, y me engaño creyendo que esa orilla soy yo, a pesar de que estoy mar adentro, muy mar adentro, tan mar adentro que se me han acabado las astillas y grito por mi propia salvación).

Ella cree que es posible escapar, pero delira: en su fiebre no se da cuenta que duerme, ahora, en el camarote de un buen capitán de barco que nació en el desierto. Ese capitán soy yo. 

Ella es especialista en los hundimientos, pienso ahora que la veo dormida. Ata y desata amarras y velas. Sube y baja banderines de auxilio y de pirata para causarle desconciertos al mar. Entonces una ola cualquiera le cumple el deseo. Nos hundimos con ella. Nos vamos más adentro en el mar. Y mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, yo quiero seguir.


Alejandro Páez Varela
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jueves, 11 de diciembre de 2008

De regreso

Es la bitácora de un viaje infinito
noche a noche encallando en la misma arena
sorteando la misma tormenta
letras, signos, números para plasmar el recorrido
partiendo de tus ojos, para llegar a ninguna parte
la hoja pasa y de nuevo tu mirada fuerte
un abrazo, una seña o una palabra basta
para otra vez caer en tu vaivén
mientras se estampa la fecha en que te olvido
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Chihuahua en video