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Amores de pocos minutos I

viernes, 18 de abril de 2008

(Ahí viene ya el camión… ¡Ay, no!… Es el chofer guapo y yo con estos trapos, ¡carajo! Bueno, ni modo, al fin y al cabo ni se fija en mi ropa, me sentaré detrás de él para verlo mejor...
Sí, toma el dinero, a ver si en una de esas toco tu ruda mano. ¡Ay, Dios!, ya la imagino paseándose en mi cuerpo, dando vueltas ignorando baches y congestionamientos…
Señora, hágase para allá, caray, no me va a dejar oír de cerca su voz. Tanto que lo sueño diciendo, "ahí pasándole para atrás, por favor", con cuántas ganas lo haría para abrazarle ese cuerpo lonjudo que baila elegantemente con los topes.
Casi me mojo la blusa, al ver cómo se agarra del tubo con su carita de tigre dormido cuando se agacha a
hablar con el checador, ¡cómo no hay otros checadores para ver más veces su sexi gesto! Si así se agarra del tubo, cómo se… me fue a pasar la iglesia, hombre? Ahí es donde aprovecho para mandarle un beso disfrazado, una plegaria que enfrenta ruidos y atraviesa gente en el pasillo, choca en el espejo y se pierde entre letras y calcomanías, antes de llegar hasta él, antes de decirle algo de lo mucho que quisiera decirle, pero se me escapa por la ventana.
¡Qué manera de meter los cambios! No me importa si es un cafre y se pase los semáforos casi en rojo; o si la gente le dice gracias y él no responde; o si platica sólo tonterías con su chalán; con ese cuerpo y esa cara podría perdonarle todo; bueno, casi todo, lo único que no podría perdonarle
…)
–Hola, gordo, qué bueno que pasas por aquí, ya tenía mucho tiempo esperando un camión. Con permiso.
–Sí, mija, ahorita mismo llegas, ya verás.
Oh, no, tiene domadora!) ¡Bajan! ¡Bajan!

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