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Dos crímenes

lunes, 6 de octubre de 2008

No sé cómo me atreví, en una casa tan respetable como la de mi tío Ramón Tarragona, a salir al corredor encuerado. No sólo encuerado, sino con una erección. Afortunadamente no me vio ni el cenzontle, porque en la noche Zenaida cubría la jaula con una toalla vieja. Había luna. Llegué a la puerta del cuarto de Lucero e hice girar la perilla. Nunca oí perilla —y después la puerta— girar tan silenciosamente. El ruido de mi circulación, en mis sienes, en cambio, era estruendoso. Cerré la puerta con mucho cuidado. Tardé un rato en distinguir a Lucero, que dormía boca abajo, despatarrada, con los brazos abiertos y las manos a los lados de la almohada, la cara hacia el otro extremo del cuarto, ocupando casi toda la cama que era ancha. Cuando me golpeé contra una silla, cambió el ritmo de su respiración, cuando levanté las cobijas movió una pierna, cuando entré en la cama, despertó.
—No te asustes —le dije, muy quedo—, soy yo: Marcos.
Era el momento más peligroso. Si ella gritaba me metía en un lío, pero no gritó. No se movió. Le puse una mano en el hombro, ella no la rechazó y empecé a tocarla. Lucero, me di cuenta en esos momentos, dormía en playera de algodón y pantaleta. Sin cambiar de posición, sin volverse y mirarme, dejó que yo metiera las manos por debajo de la playera, que le acariciara los pechos, que la oprimiera contra mi cuerpo para hacerle sentir la erección. Tuve la certeza de que en un momento después Lucero iba a ser mía, y al mismo tiempo me di cuenta de que había olvidado los condones en el cajón del buró de las cuatas, pero yo estaba tan excitado y el cuerpo de ella parecía tan receptivo, que decidí seguir adelante. Metí las manos por debajo de la pantaleta y toqué el pelo del pubis, puse la otra mano en el elástico de la pantaleta y empujé para sacarla. Entonces, Lucero cambió de posición y juntó las piernas.
No volvió a separarlas. Primero recorrí su cuerpo a besos, hasta llegar a los dedos del pie, después fingí haber perdido interés en ella y le di la espalda, por último, me hinqué en la cama, puse las manos en sus rodillas y traté de separarlas a fuerzas. Los dos hicimos lo que pudimos y ella ganó. Cuando terminó la lucha, las cobijas estaban en montón en el piso, yo, jadeante y Lucero en posición fetal, con los ojos cerrados, la pantaleta y la playera puestas. Bajé de la cama, volví a chocar con la silla, abrí la puerta y entonces la oí hablar por primera vez:
—Buenas noches —dijo.
Estuve a punto de dar un portazo, pero cerré con cuidado. Fui al baño e hice pipí. Comprendí que regresar a mi cuarto en aquellas condiciones me resultaba intolerable. Entonces se me ocurrió otro plan todavía más arriesgado que el anterior. En realidad no fue plan, porque antes de concebirlo ya lo estaba ejecutando. Fue más bien un impulso irresistible. Cuando menos pensé ya estaba yo dentro del cuarto de Amalia. ¡Qué diferente recibimiento! Cuando Amalia oyó que alguien andaba tropezándose con los muebles, encendió la luz. Tenía un camisón escotado que dejaba ver el nacimiento de sus tetas enormes y dormía con un trapo amarrado en la cabeza para que no se le descompusiera el peinado, las chinelas —eran realmente chinelas de marabú— estaban junto a la cama. Habló mucho, pero en voz baja. Si mal no recuerdo, dijo:
—¿Qué pasa?. . . ¿Marcos, qué tienes?. . . ¿qué quieres?. . . ¡Ay, Virgen Santísima!. . . ¡Mira nomás cómo te has puesto!. . . ¡Estás loco. . . ¡Piensa en mi reputación!. . . ¡Ay, qué maravilla!. .
Después, afortunadamente, se calló.

Jorge Ibargüengoitia
Dos crímenes
Girjalbo Mondadori
Espana 1998. Págs. 60 y 61
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Digo yo como vaca

domingo, 5 de octubre de 2008

Si hubiera nacido vaca estaría contenta. Tendría un alma apacible y cuadrúpeda y unos ojos soñolientos. Dos rosas cabalgarían en mis flancos, orgullo de mi estampa bermeja. Mi cola, entretejida con papel de china, espantaría las moscas que retozaran en mi lomo como sobre un puesto de fruta. (...) Con la mente hueca viviré sin culpa, alerta sólo al toque de las seis campanas que dispersan el repique de su voz sobre el sembradío. (...) Pero yo siempre estaría inmóvil, solemne, ídolo de siesta infinita, mientras mis mandíbulas rumiaran suavemente la eternidad de la tarde.

Guadalupe Dueñas
Tiene la noche un árbol
Fondo de Cultura Económica
México, 1985. Pág. 92
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Juego de damas

sábado, 4 de octubre de 2008

Guiado quién sabe por qué dioses invisibles, distintos y aún contrarios al Dios en el que creía y amaba por sobre todas las cosas, Rubén rebasó su timidez paralizante y puso una mano sobre la rodilla de Chabela, sin reconocerse a sí mismo, como si fuera sólo un instrumento, una ficha de damas que un ser superior moviera en otra dimensión, al tiempo que profirió sus primeras y únicas palabras que no eran suyas, pero que había hecho suyas a fuerza de tanto masticarlas solitariamente durante tantas noches inútiles: me gustas cuando callas.
Chabela le preguntó si quería conocer su cuarto, que era el último de los bungalós. Rubén asintió con la misma mirada imbécily aquiescente que había sostenido toda la tarde, y se levantó con incomodidad porque no sabía cómo disimular el albotoro de la bragueta. Caminaron juntos, pero sin tocarse y sin hablar por el pasaje a cuya vera se diponían todos los bungalós.

(...) Chabela se sentó en el banco del tocador y se empezó a peinar la negra y lacia cabellera. Rubén se quedó de pie, a su lado, sin saber qué hacer ni qué decir. Ella tampoco decía nada, sólo se peinaba y fingía no ver a Rubén, reflejado en el espejo. Rubén no se atrevía siquiera a ver de espaldas ese cuerpo portentoso por temor a que ella lo sorprendiera con mirada retrovisora, pero adivinaba con la parte baja de los ojos la redondez de sus nalgas y el encogimiento de su cintura. Por fin, dos palabras de Chabela salvaron a Rubén.
-¿Me peinas?
Y Rubén la peinó...

Gonzalo Celorio
Días de pinta
Selector 1999
México. Pág. 63
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La aventura de bailar el mambo

viernes, 3 de octubre de 2008

Dos cosas marcaron el fin de mi pubertad: las piernas de mi prima Paty , y unas clases de baile que tomé por televisión. Llegaba a mis infaustos quince años con la temporada navideña del 64. No fue, como muchos podrían creer,un final abrupto, sino un proceso lento y doloroso que se había iniciado el año anterior, cuando una niña me dejó bailando solo (si a mis movimientos se les podía llamar "pasos de baile"). Un amigo había organizado una posada para celebrar el fin de curso. Gran parte del 2o A, del extinto Colegio Latino Mexicano, fuimos a nuestra primera posada sin piñatas ni tíos que cantaran la letanía para conservar "nuestras tradiciones", la primera en que habría ponche con piquete.
Muchos de mis compañeros asistieron con el traje de gala de la escuela, y aunque algunos se odiaban a muerte y se escupían la torta a la hora del recreo, al verse vestidos igualitos, se sentaron juntos, formando un grupo que se parecía al de la banda de guerra del colegio. Yo tuve la audacia (de la que me arrepentí a lo largo del año siguiente) de ir vestido con un suéter de grecas verdes, como los que usaba César Costa y sus Black jeans. Esa indumentaria rocanrolera, para mi infortunio, atrajo la mirada de una de las niñas que estaba sentada al otro lado del salón. Sergio Larios Santillán (que desde entonces ya era el último de la clase) me señaló a la incauta, y me sonreí con una mueca que más parecía de dolor de muelas que de sorpresa. Era rubia, pecosa, y se peinaba al estilo casco espacial, con ondas y remate achongado. Yo era muy tímido y no sé cómo me atreví a atravesar la pista mirándola con una ceja a media frente. “Quiúbole”, le dije, “me llamo Enrique”. Ella me miró con los ojos técnicamente más coquetos que yo hubiera visto jamás, me tendió la mano y tuve la audacia estúpida de besársela, con lo que el resto de las niñas emitió un largo sonido de saliva pasando entre dientes.
A los quince minutos, cuando ya había cuatro o cinco parejas bailando, invité a la güera a seguirme. Mi falsa personalidad de don Juan se vino abajo con seis pasos de péndulo y un pisotón, la mirada técnicamente coqueta se deshizo en un mohín de dolor, y sólo alcancé a ver una boca abierta con cuatro muelas tapadas con pasta rosa.
“Discúlpame”, me dijo, “me acabo de cansar”.


Sealtiel Alatriste
Días de pinta
Selector 1999
México. Pág. 15
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Andanzas de unos maestros

jueves, 2 de octubre de 2008

Cada amanecer, aún en los peores momentos, trae nuevos bríos a los humanos. Y vivir en un nuevo día, en la sierra de Chihuahua, en septiembre, representa una experiencia muy especial. Tener la dicha de disfrutar del frío de la mañana y observar los cerros verdes bajo un cielo azul, son momentos únicos, inolvidables. Baborígame lució para ellos más brillante que el día anterior.

Luis Guerrero Rubio Nájera
¡Ni me lo cuentes!
Edición de autor
Chihuahua, 2006. Pág. 20
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