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Juego de damas

sábado, 4 de octubre de 2008

Guiado quién sabe por qué dioses invisibles, distintos y aún contrarios al Dios en el que creía y amaba por sobre todas las cosas, Rubén rebasó su timidez paralizante y puso una mano sobre la rodilla de Chabela, sin reconocerse a sí mismo, como si fuera sólo un instrumento, una ficha de damas que un ser superior moviera en otra dimensión, al tiempo que profirió sus primeras y únicas palabras que no eran suyas, pero que había hecho suyas a fuerza de tanto masticarlas solitariamente durante tantas noches inútiles: me gustas cuando callas.
Chabela le preguntó si quería conocer su cuarto, que era el último de los bungalós. Rubén asintió con la misma mirada imbécily aquiescente que había sostenido toda la tarde, y se levantó con incomodidad porque no sabía cómo disimular el albotoro de la bragueta. Caminaron juntos, pero sin tocarse y sin hablar por el pasaje a cuya vera se diponían todos los bungalós.

(...) Chabela se sentó en el banco del tocador y se empezó a peinar la negra y lacia cabellera. Rubén se quedó de pie, a su lado, sin saber qué hacer ni qué decir. Ella tampoco decía nada, sólo se peinaba y fingía no ver a Rubén, reflejado en el espejo. Rubén no se atrevía siquiera a ver de espaldas ese cuerpo portentoso por temor a que ella lo sorprendiera con mirada retrovisora, pero adivinaba con la parte baja de los ojos la redondez de sus nalgas y el encogimiento de su cintura. Por fin, dos palabras de Chabela salvaron a Rubén.
-¿Me peinas?
Y Rubén la peinó...

Gonzalo Celorio
Días de pinta
Selector 1999
México. Pág. 63
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1 comentario:

  1. El otro dia lei el de Retiemble en sus Centros la Tierra de Celorio. Estaba dos dos

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