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Saturno

martes, 10 de diciembre de 2013


Mis libros de poemas, los rasgaste,
abriste la ventana y los echaste a la calle.
Las hojas, como extrañas mariposas,
planeaban por encima de la gente.
No sé si ahora nos entenderíamos,
viejos, cansados y decepcionados.
Seguramente no. Mejor dejarlo así.
Querías devorarme. Yo, matarte.
Yo, el hijo que tuviste en plena guerra. 

Joan Margarit







Acupuntura

jueves, 14 de noviembre de 2013



Dos meses se pasan como si nada, cuántos mensajes sin enviar habré ahorrado, aunque de pronto extraño tus mensajitos fríos a las once de la noche, cuando la manta más gruesa no logra quitarme este temblor invernal.

Una quesadilla, quizá un café, nada difícil, sólo basta un poco de sal y ya no estás de nuevo, las decisiones son más fáciles sin un ancla, sobre todo cuando la lluvia cae y a mi lado pasa una mosca volando. Me recuerda las noches en vela buscando leche tibia, queriendo devorar de un golpe los libros que en el día quemaban.

Hoy fui de nuevo a la consulta, nadie me esperó con la cara larga aunque tardé más de lo normal. Traigo mis dos puntos para la ansiedad, otro más para el estrés y la tranquilidad; pero nada para el mal de amores, la espera inútil, la apatía y el desencanto; nada para lo estático, el abandono, la mediocridad y el miedo terrible a no salir nunca de ello.

Nada me puso para dejar a un lado las citas frustradas, para los bolsillos vacíos y la fiebre nocturna, nada para la decepción de verte lejano y romperlo todo con unas cuantas palabras; nada para la angustia de perder la libertad por si acaso se te ocurre intentarlo otra vez.






Esta vida en fotos

miércoles, 9 de octubre de 2013



Si supieras que en estos mismos momentos en que tú subes tus fotos al face, yo ando hurgando en tu historia actual, tratando de entender qué era lo que nos unía sin poder aún explicarlo, seguro borrarías tu cuenta y le echarías agua bendita a la pantalla. 

Aún guardo por ahí las fotos que nos tomamos en aquel tiempo, posabas y parecías un comediante, caemebien. Veinte años han pasado y curiosamente no pareces ser el mismo de la primera vez que salimos. Fue al cine, me acuerdo, aunque por nada del mundo recordaría la película, pero sí que al salir comimos pizza de camarones en un lugar que era más para niños que para una pareja de amigos, emocionada y ansiosa con salir más allá del trabajo por primera vez. 

Yo iba de mezclilla y toda la vergüenza del mundo; tú llevabas esa misma camisa verde con la que estás en la foto con tu pareja actual y según dijiste, con algo de miedo. Dos, tres, cuatro salidas más y entonces ya eramos novios, disparejos, diferentes, que jamás pensaron terminar juntos, pero lo soñaban como lo anhelan los adolescentes de secundaria. Pero el anhelo no bastó para el entendimiento y el adiós llegó más rápido que la primera salida. 

Alguna vez alguien de tu familia dijo que yo habría tenido que ser la mamá de ese niño que ahora orgulloso compartes en tu perfil donde también compartes pensamientos de tu nueva religión. La vida es tan sabia, pensé entonces. Hoy me lo confirma no tu ropa, ni tu nueva vida, sino el lamentar que yo pude haber estado en tus fotos, pero ausente de las mías. 

Quisiera poder decir que te ves triste, vacío, insatisfecho, para así poder presumir que tú al contrario, jamás hubieras podido estar en mi álbum. Demasiados cambios nunca dan buena espina. Pero no, te ves pleno, y cinco álbumes con más de 40 fotos de tu familia, dicen que seguramente estás más que feliz, aun cuando los sueños que tenías, entonces para los dos, todavía puedan seguir en tu cabeza, y tu camisa verde diga que al menos la lotería nunca obtuviste, pero sí que fue más importante que una noviecita inexperta menor que tú. 

Aquel primer amor, o lo que fuera, duró apenas nueve meses, la camisa va por su segunda década y ya van dos veces que veo tus fotos. Hay cosas que nunca tendrán explicación.



Frenesí

lunes, 12 de agosto de 2013



Era como un frenesí, que me entraba por el oído derecho y hacía nido justo ahí abajito donde ya dejaba de ser yo si temblaba. Cada vez que me llamaba cabrona y me echaba esas miraditas como de “aquí te vas a morir”, era una urgencia decirle “mátame ya”, y entonces apagar la alarma y soltar maletín y miedos, descoser las amarras y dejarse caer, lo más hondo, lo más oscuro, más allá.

De semana en semana y hasta meses enteros si la cuenta estaba en rojos, las miradas y las palabras se encontraban, y aún así aquello era más que una simple sumisión, como un falso trámite cuando se sabe que ya todo está perdido.

Apenas lo escuchaba y entonces ya era suya, convertía ese momento en mi “para toda la vida” aunque afuera las calles eran un caos. 

Y yo que nunca he esperado ni contratos ni calendarios, un solo instante en sus brazos y ya, el cielo se nubla y los truenos caen al mismo tiempo, mientras un rayo me surca de cabeza a pies, como lámina de mil hojas que me parte el cuerpo a la mitad, y un grito se regala poderoso a la tierra entera, en el julio más ardiente, bajo la noche que se llena de estrellitas y suspiros de sal, mientras tu voz se va perdiendo "cabrona, cabrona, cabrona…"



Carta de lector

viernes, 26 de julio de 2013




Señor director:
Apelo a su sentido de la humanidad y su amplio criterio para que publique usted en su periódico, ésta, mi carta, así como para que no me obligue a decir mi nombre, porque eso es de lo único que a veces uno puede sentirse seguro de ser cien por ciento propio. Ni la vida, ni los sueños, mucho menos las letras nos pertenecen. 

Le escribo desde mi noche ¿mi noche triste?, ya no las distingo de tan iguales. ¿La última noche de mi vida? No, ¡qué drama! Desde la última vida de mi noche, de entre los resquicios que aún quedan de ella; desde la oscuridad de la que pretendo sea mi casa… No debo encender la luz y menos a estas horas en que mi presencia sería más evidente. No puedo tener luz ni descanso, ni paz. Por eso estoy en una noche oscura permanente, ya ni siquiera en el día salgo y es que… ¿cómo explicarle?, sin que tome a mal mi cobardía, cómo contarle si ni yo mismo sé cómo empezar o cómo ordenar tanta odisea, sería mejor que alguien la contara por mí.

Pero ahora no quisiera acordarme… porque entonces podría llorar y llamar su atención y no quiero que vengan, esos seres de la noche que pueblan el sueño y el insomnio por igual, que me sujetan si me ven moverme o me zarandean para comprobar que sigo vivo y continuar con su acoso. Y cómo describirlos si nunca los he visto ni me hace falta, porque yo sé que ahí están, no me abandonan por más que les cante o les rece a mis santitos. No se van, me rodean, me obligan a sentirlos, a dejar a un lado el cuaderno y no seguir. Hasta el ruido de mi pluma les molesta, no me dejan ni siquiera ser yo. Creo que les gustaría que fuera otro, más abierto y menos cobarde. Pero eso no se cambia nomás porque sí, ¿verdad que no? Y menos se puede cuando todo parece normal.

No me dejan mover de aquí, desde donde le escribo, de forma anónima, ya se lo dije, y no tanto porque ellos se vayan a enterar de lo que he hecho, sino porque mi nombre ya lo perdí de tanto no usarlo, o ha dejado de ser mi nombre o ya no soy yo ése que mi nombre señalaba; ahora sé que soy algo así como “eso” o como “nada”, no sé… El otro día los oí decir que ya no servía para nada… ¿nada? ¿Cómo puedo ser nada y seguir siendo yo? O ¿cómo era yo antes del nada que soy ahora? ¿Cómo era mi todo que ya no soy? Usted sabe, señor director, que se puede ser nada, pero al ser nada estoy siendo irremediablemente algo, quizá algo sin valor como piensan ellos, pero finalmente, la nada es algo, entonces… ya no sé. 

Esos seres nocturnos ya no me dejan ser, ni mucho menos saber. Entran aquí, me miran, los ignoro; me envuelven, les temo; me preguntan cosas y no les contesto, señor director. ¡Ah!, pero es que eso a usted no le gusta, ¿verdad? Porque entonces su trabajo pierde sentido como lo perdió el mío. ¿Lo ve? Para qué aguantar tanto a los otros seres, los divinos, si de cualquier forma la oscuridad nos deja igual a todos; nos viste del mismo miedo a todos, de la misma soledad en compañía, de esa misma molestia que dan los seres nocturnos cuando irrumpen en medio de esa nada que dicen que ahora yo soy. 

Apelo a usted, en medio de este silencio, porque lo sé obligado a recibir y leer casi cualquier escrito que llegue a sus manos, y justo en ese momento me sentiré menos nada y un poco parte de algo, aunque sea a través de una página de su diario. Por un instante dejará de ser mi casa oscura, cuando el que trae los diarios grite en mi ventana y me aviente uno hasta mí y pueda ver en la página 4B que por lo menos usted, y ahora los lectores, ya saben de mí y de esta nada oscura que me obliga a ser lo que no era.

P.D. Por favor, le suplico que no me vaya a cambiar de sección, porque ya mismo están llamando a mi puerta.







Si yo fuera...

viernes, 19 de julio de 2013




El amor es un misterio tan complicado del que ni Sherlok Holmes pudo sacar nada en concreto ni elemental. Te atrapa sin más, sin defensa, como el frío en el invierno.

Te echa la red, te idiotiza y no te deja avanzar, ni pensar... ni... ni dividir, ni razonar, ni distinguir, escoger, meditar...

 Y ahí voy otra vez. El amor, camisa para loco sin fuerzas, ufano me atrapó esta ocasión y de qué insensata manera.

Verte y oírte una vez bastó para que ya así, tan simple, me prendara de tu conjunto de cuerpo y dentro... y he ahí lo misterioso, lo complicado, ¿por qué si vi, si supe, ¡si me dijiste!, que ya tu cuerpo no tenía más dentro porque afuera ya tenía celadora, aun así caí de esta forma tan absurda?

¿Por qué si no te tengo de lunes a viernes a una hora fija y sin compromiso, por qué te llamo a que vengas a mí? Y te veo, y te oigo y te siento, y ya quisiera irme contigo hasta el lugar donde vives y ocupar su lugar.

Así no tendría que esconder el amor, o lo que sea esto, y verte partir temprano, sabiéndote ajeno festejando el amor en su cama.

Así, seria yo quien te recibiera con los brazos abiertos, todo abierto para ti, sería yo quien tuviera tus días de descanso completitos para mí, sería a mí a quien dijeras te amo, ya llegué, buenas noches, la comida está fría.

Sería yo quien oyera tu respiración en mi oído cuando terminaras el amor, sería yo quien tuviera tu cuerpo sin necesidad de escondites o confesiones en domingo.

¡Ah! Sueño guajiro que no se cansa, sueño que llega de pronto y pronto se va... porque... pensándolo bien... si yo tomara su lugar no estaría ahora escribiendo esto suspirando por ti.

Estaría acostada contigo oyendo tus ronquidos, extrañando el amor y cuidando a tus hijos, soñando despierta, pensando que alguien más te sueña a ti...







Por si la luna

sábado, 15 de junio de 2013





La luna me causaba miedo. A él le daba placer. Decía que cuando la luna brillaba me deseaba más. A mí, cuando se llenaba, me daban ganas de llorar. Casi como ahora…

Anoche también había luna. Quiso enredarse conmigo. Quería sexo, descubrirse el cuerpo y hasta el alma, según él. Algo ocurrió. Me tomó a la fuerza. Ni siquiera la vi. Sólo sentía mucho temor. Y lloraba.

Al final creo que él también lloró. Quedó tendido en la calle. Miraba a la luna. Y a mí el miedo se me quitó.





Reciclaje

miércoles, 12 de junio de 2013



A falta de mejores ideas y un cuaderno nuevo, también recurro al reciclaje. Rehúso las palabras de ayer que fueron para otro y hoy te las cuelgo a ti. No te preocupes, llevan el signo de no retornable. Así de útiles fueron. Igual servirán ahora. También puedes dividirlas si quieres. Algunas seguro te darán ánimo, otras sin duda irán al bote de lo inorgánico. Ponte listo y sepáralas bien. 

Tampoco son muchas, no creas que me gusta desperdiciar. Apenas las suficientes que el alcohol alcanzó anoche a sacar, porque ya estaban a punto de convertirse en un verdadero reguero de aes, emes, oes, eres y demás.

Puedes tenerlas, botarlas, recogerlas de nuevo si te nace, ni siquiera podrán magullarse. Lo que no puedes ni debes hacer, es rehusarlas tú. No se vale. Ya fueron de alguno, tal vez eras tú mismo, hoy fueron para ti quizá otra vez, pero el reciclaje no alcanza en botaderos ajenos. Aún no me da para la miscelánea. 

Si te place ponlas bajo la luna toda la noche, si no, mañana bótalas muy temprano. No pasará nada. Se irán de nuevo, sin lograr nada. Sin contestarse ni transformarse, pero sin molestarse ni perder un ápice el sentido del que ya mismo carecen. No te preocupes, entenderán si quieres leer algo peor.
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