25 noviembre 2009

Nocturna

Y vuelve a reinar ahora
aquella quietud serena.
Esparce la luna llena
su luz clara y soñadora,
hasta que nace la aurora
y pinta el cielo de grana,
y hermosea y engalana,
y el pájaro trina a coro,
y el sol bordado de oro,
viene a anunciar la mañana.

Miguel Hernández
.

20 septiembre 2009

La más bella

Con deleite se miró al espejo. Revisó el vestido, los accesorios, el peinado. “Fabulosa” se dijo. Con manos temblorosas tomó la corona y la ciñó a su cabeza. Toda la vida soñando con ser reina de belleza y ya con la corona y la banda puestas, repasó una vez más el gastado discurso: “Oh, estoy tan emocionada, no les fallaré”.
Lanzó besos al vacío y saludó a los fantasmas, justo al tiempo en que una figura imponente, fresca, rubia y escultural, entró y le recriminó: “Mamá, ¿de nuevo jugando con mi corona?”

.
Flora Isela Chacón
.

24 agosto 2009

Nocturna

Subió el largo cierre de las botas y contempló su figura en el pedazo de espejo que aún pendía de la pared. Se puso unas gotas de perfume, se persignó, abrió la puerta y se entregó a la noche. Sus pisadas resonaron seguras a mitad de la calle. Nadie podría haber dicho que moría de miedo.

Flora Isela Chacón

Finalista del Concurso Internacional de Microficción Garzón Céspedes 2007
.

05 agosto 2009

Nocturnos, oscuros...


Nunca como esta noche te sentí mío, sin serlo. Tu mirada me envolvió como un hule cristal y contigo no sentí miedo, fuimos como dos en uno, o como una parte de los dos siendo uno, seres extraños que se conforman con el devezencuando, seres nocturnos que sólo así pueden ser.

.

03 agosto 2009

Miedoso

Camino lentamente. No quiero llegar. Me falta el aire. No puede ser tan malo, me repito una y otra vez. Procuro ni mirarla. El sólo pensarla me da escalofríos. No imagino qué será después. Ella está desnuda. Me mira. Sé que está enojada. Su cara se transforma y yo quiero huir. Si tan sólo lo hubiera pensado más. La gente susurra. No se quiere ir. El circo es tan cómico como triste este minuto. Al fin llego. Digo que sí aunque quiero decir que nunca. Ella me mira otra vez. Se voltea. Ahora está vestida. Ahora está cercana. Ahora sé que esta era mi suerte desde siempre. Y que sólo es de nuevo, la misma pesadilla de casarme en una iglesia.

Flora Isela Chacón
.

24 junio 2009

¡Extra, extra!


Ese domingo se levantó temprano para esperar los diarios que acompañaban su raquítico desayuno. Desde el momento en que vio pasar al voceador en completo silencio, el licenciado sintió algo extraño dentro de él, fue como un golpecito leve en el estomago que le hizo salir apresurado y a alcanzarlo. En la comodidad de la sala se aprestó a leer los tres periódicos que comparaba diariamente. Le gustaba estar muy bien informado y su computadora permanecía el día entero prendida esperando las noticias frescas del mundo.
Con verdadero terror vio que nada había en las páginas de papel revolución, ni por dentro ni afuera. "Con razón el voceador no gritó hoy las noticias", pensó. No había noticias. En las páginas sólo se apreciaban los bordes y las tablas, los espacios para los pies y los sumarios, sólo líneas diseñando nada. Buscó en todas las páginas, en los tres diarios y justo en ese momento la computadora se apagó. "¡Carajo! ¿Qué está pasando aquí? Se preguntaba mientras sentía otra vez el golpecito por dentro que ya no era tan leve, sino que poco a poco iba subiendo de intensidad hasta amordazarle la razón.
"¿Cómo puede ser que no haya noticias, si siempre pasa algo, siempre hay ejecutados, temblores, suicidios, marchas, una boda famosa de perdida, y ahora nada, pero cómo chingados puede ser esto posible?"
Temblando casi, llamó por teléfono a algunas agencias de noticias, pero fue inútil, en ninguna hubo alguien que contestara el teléfono y despejara sus dudas.
"Me quieren volver loco, esto no puede ser, aaahhh
La ofuscación que sentía le iba ganando por completo, sus músculos se tensaban provocándole un dolor intenso, a duras penas logró caminar hasta la PC sólo para tirar el teclado al no poder accionar los dedos engarrotados por el coraje y la decepción.
Sentado en la sala, respiraba fuerte, buscando una solución a aquel desgarriate, algo tenía que hacer, no podía permitir que esa locura le impidiera leer algo en el periódico, no ahora, después de dedicar casi 30 años de su vida a escribir para los diarios y en todos los temas porque su experiencia e imaginación, le habían permitido saber desde nota roja hasta espectáculos pasando por las notas editoriales que tanto trabajo le costaban y que odiaba en secreto, "nadie las lee, ¿para qué las escribo?" Hasta cartonista fue cuando no hubo quién lo hiciera, a todo se dedicó en cuando menos cinco periódicos de su ciudad, y hoy de esos cinco no recibía ni saludos.
"Claro, ya lo tengo." Una idea irracional se iba apoderando de todo su ser, con tanta pasión y furia que de pronto y sin saber explicárselo, pudo levantarse con una fuerza nueva que sólo podía surgirle de la sin razón.
Salió de su casa, pasando antes por la cocina y sin cerrar con llave.


Tres días después, en una celda fría esperaba ansioso que le llevaran las noticias. "Por favor, los periódicos, no quiero llamadas, sólo quiero que me presten todos los que salieron desde el lunes hasta hoy, completos si me hacen el favor."
En cuanto los tuvo, con sumo deleite se sentó en el suelo, como anticipando una excelsa ceremonia, abrió las páginas y comenzó a leer:
"Viola licenciado a una menor"
"Saquean casa-habitación de excomentarista"
"Atropella a varios participantes de una marcha"
"Irrumpe en su antiguo empleo, se lleva hasta las hojas"
"Ejecutan a reconocido abogado, sospechan de su mejor amigo"
"Atacado por una pandilla, licenciado pierde los dientes"
"Explosión en residencia, se presume una fuga de gas"
"Prisionero, afamado periodista"

.
.

22 junio 2009

Si te miro…


Sentadas en la mejor mesa del lugar, las amigas esperaban desde muy temprano su turno al acecho, el trámite de cada noche. Ella vestida de manera sencilla; apenas peinada diferente sólo para no sentirse tan mal, un poco de brillo en los labios sólo para no sentirlos secos, disfrutaba de un momento que nada tenía de especial. Las otras, presumidas, se estiraban, se arreglaban el cabello, el escote, las mangas, la minifalda; pero a ella todo eso le importaba casi nada, no le quitaba el sueño si la veían mal o bien, tan sólo estaba ahí como estar en cualquier otro lugar, así de simple y natural, provocando la secreta envidia de las que se sentían mejores que ella, pero que no podían soportar salir del lugar sin compañía.
Él, asiduo al lugar, camisa blanca y pantalón negro, todas las semanas tenía una cita con el baile y la música, y nunca le faltaba compañera. Esa noche de entre todas sus posibilidades, él había escogido precisamente a la única que no lo iba a rechazar, a la del pantalón aburrido y el escote en las anginas.
Ella no pudo verle los ojos cuando él le extendió la mano para sacarla a bailar, pero más que una invitación fue casi un mandato. Los lentes oscuros estaban tan fuera de lugar como misteriosos, pero la sonrisa amplia la convenció. Qué importa si esta loco –pensó—por lo menos ya no me quedaré sentada y de paso, éstas se morirán de envidia.
En cuanto salieron a la pista se amoldaron uno al otro, los demás desaparecieron y ella se dio cuenta de que era muy diestro para bailar, pero sí le sorprendió de que de vez en cuando codearan con las otras parejas y siempre pidiera perdón.
Mientras bailaba, la hacía reír y le dedicaba canciones de amor, la persuadió de irse a “un lugar mejor donde sea nada más para ti, ¿no te gustaría?” Uy, cómo no, pensó ella, claro que voy. “Pero a otro lugar no, mejor vamos a mi casa”, le dijo. ¿Vives sola? –le preguntó él.
–Sí –dijo ella-- ¿por qué?
–Porque la soledad es la mejor compañía para una mujer hermosa
–Ay, no inventes –le replicó- ¿que no me ves o qué?
–Es en serio, no necesito mirarte para saber que tú lo disfrutas así –dijo él, mientras la apretaba aún más contra él.
Trenzados en un beso entraron a la casa, antes de quitarse los lentes él le pidió que apagara la luz, “para verte sólo con mis manos” y le ofreció el rostro para que ella lo viera por completo, antes de suplicarle “bésame los ojos”.
Y ella le besó no sólo la vista si no hasta el corazón. Probó cada centímetro de esa piel desconocida, suave y sin olor. Lo hizo suyo más que al contrario. Se sentía como agradecida de que él se hubiera ido con ella y no con una de sus acompañantes. “Conseguí a alguien”, pensó con los ojos cerrados, mientras saboreaba cada parte de ese ser cuyo nombre no sabía, ni investigó, pero le llamó ángel: “eres como un ángel que me ha iluminado entre mi soledad” le susurró, al tiempo que él curvaba una leve sonrisa de ternura. Entonces se afanó aún más en hacerla sentir bella y mujer, mujer plena sin distingos de belleza o rigidez.
Le midió cada poro de su cuerpo, conociéndola a través de su tacto y su gusto, recorriéndole no sólo la piel sino el ser completo, haciéndola suya como a una joya, rindiéndole pleitesía como a una reina. Mi reina –le decía en un susurro— me quedaría para siempre entre tus axilas. Sería siempre tu ángel si no necesitara yo el mío propio.
-Oh, ángel, mi ángel, podría besarte toda la noche para evitar que el sol te apartara de mí.
Besos y caricias, suspiros y sueños se hicieron eternos en esa noche, llena de frases que por primera vez ella pronunció y recibió, embelesada en ese ángel que sólo deseaba mirarla.
Pasaron la noche más larga que recordaran hasta que, ya casi de mañana, una alarma en el reloj de él le hizo salir casi huyendo, no sin antes darle un beso y ponerse sus lentes.
Ella todavía se quedó un rato en la cama, en medio de un sueño con su ángel nuevo, a pesar de que ni siquiera su nombre supo ni menos dónde localizarlo otra vez.
Esa noche se había sentido la mujer más bella del planeta, ese ángel la había hecho sentirse valorada y por lo mismo inmensamente feliz, como no había pedido nunca ser, que ni siquiera le importó cuando se asomó a la ventana y lo vio cruzar el parque ayudado de un bastón.

.
.

18 junio 2009

Fin de lluvia

Y lloviznaban gotas de silencio…
López Velarde


"…Seguiremos informando sobre este tremendo accidente automovilístico…" Prometía aquel locutor radial. Regina apagó la radio, le molestaba oír malas noticias, además no deseaba atemorizarse en medio de aquella soledad de la cuarta noche de junio.
Buscando una distracción, comenzó a recordar el día cuando conoció a Andrés y la forma suya de convencerla de un noviazgo, con esa presencia tan plena y segura. Y así, segura y un poco presurosa, abordando a las ocho en punto el último tren que llegó a su estación, se casó tres años atrás con aquel hombre mayor y sereno, adicto al trabajo y a las novelas de misterio; fue su boda como en aquellos cuentos leídos cuando era niña donde la novia vestía como princesa de un carnaval. El vestido blanco parecía burlarse de ella desde los encajes y los moños, haciéndole cosquillas entre sus costuras y sus fondos; la gran recepción había sido más un desfile de modas caducas que la celebración de tal descalabro en su vida y Andrés pasó la noche entera entregado a un debate político entre los brindis y algún canapé; aun así, enamorada hasta el agobio, intercambió sortijas y quimeras, al tiempo que escondió temores y manías.
Andrés, por su parte, se casó pensando en una salida fácil a su ya desgastada soltería, pues no quería pasar el resto de su vida lamentando la soledad y sintiéndose vacío en aquel enorme caserón revestido de antigüedades y objetos absurdos heredados de algún lejano tío. Así que al conocer a Regina, sin meditarlo y contagiado de su jovialidad y franqueza, inició su tardía vida marital con aquella fascinante mujer de cabellos negros y mirada de abismo, armoniosa, madura y sin complejos, a quien nunca le dolía la cabeza ni le ruborizaban las fantasías. Ocupada en una de ellas estaba, cuando de pronto la imponente casa quedó en penumbras, pues la luz asistía a un congreso de antiguas utopías mientras el cielo se desahogaba de todas sus congojas; solamente destellaban luces furtivas dotando de vida a los muebles que divertidos jugaban el ajedrez de la muerte. Afuera, el aguacero en turbia sociedad con el viento, azotaba tremendamente haciendo trepidar puertas y ventanas, moviendo plantas y árboles en una danza macabra donde la ficción sonsacaba a la realidad. Aunque luchaba contra ello, Regina comenzó a tiritar desconsolada llena de un pavor inexplicable. Como de costumbre, Andrés había partido al amanecer hacia el trabajo y aún no volvía.
Sentada en sillón de sueños no quería moverse por una lámpara, cualquier movimiento le resultaba innecesario y peligroso, así pues, muda y oscura continuó con su espera…
Tan absorta estaba tratando de convencerse a sí misma de lo inútil de su aprensión, que sin darse cuenta, de pronto sintió a Andrés cerca de ella abrazándola, besando sus palpitantes labios de nieve, infundiéndole una placidez inmediata. Confiada se apretó a su esposo en cálido abrazo, enterrando su cara en el robusto pecho masculino para no ver más los relámpagos que iluminaban el salón, y caprichosos la envolvían reteniéndola en un instante estático e infinito.
Se dejó levantar en sus fuertes brazos, se acurrucó y en silencio fue conducida a la habitación, donde finalmente desaparecería su inquietud y ya no tendría miedo, pues ya no estaba sola.
Como en un reencuentro de amores descarriados, él se portaba más caballero que nunca y menos macho; era su hombre y ya lo comenzaba a sentir bajo sus pantalones. Acunados por la intensa lluvia e iluminados sólo en momentos por la inoportuna luz de los rayos que les dibujaba en la piel tatuajes fantasmales, se entregaron ya sin frenos, a sus cuerpos, a su amor.
Andrés ingresó en su historia como ninguna otra vez en su corto matrimonio, preparó el terreno lento, suavemente, esperando el momento preciso del abandono del miedo y el arribo del placer; abrigó su desnudez con exquisitas caricias de cerezas dulces que Regina desconoció, mientras rememoró y agradeció el salvajismo de los primeros días. Le imprimió sus huellas de león festivo saboreando en cada mordida su carne y sus contornos; besó su espléndida silueta de punta a punta, sin olvidar detalles pares y tesoros nones, midiendo el tiempo justo de sus paradas en cada palmo de piel, en cada descanso obligado de tan sublime anatomía; arrojando a su oreja impúdicas palabras y tempranas despedidas que ella recibió sorprendida, pero extravió bailando en aturdido desfile de mimos y besos, de conjuros y suspiros. Andrés logró de ella, una y otra vez, el festejo arrebatado y desmedido de su entrega; la repetición sucesiva del eterno embeleso; impidiendo así, que ella reparara en aquella impresionante frialdad de su cuerpo; estacionado para siempre en la medianoche de sus ojos brujos, perdido sin remedio en la lluvia de su sexo insaciable.
La mañana la sorprendió nuevamente sola, con sus pardas sábanas húmedas de dulce pena, impregnada de un extraño olor a fresas podridas, con un sabor amargo y una ligera llovizna platicando en su ventana. Desde su letargo lo llamó apremiante, pero al no obtener respuesta, se levantó y, vistiendo solamente su bata, bajó las escaleras esperando encontrarlo en la cocina ya listo para trabajar, como otras veces tomando café, sin embargo, ahí no había rastros de su presencia.
Justo en aquel instante, como un chispazo, Regina recordó la silenciosa llegada de Andrés; la lluvia de algún modo le habría impedido escuchar el coche, la cerradura, los pasos; pero aún así debió haber visto las luces del automóvil por el gran ventanal, frente al que se sentó a esperarlo.
Como en un dejà vu siniestro, sintió de nuevo el frío aliento de su esposo que la había sorprendido sólo por un pequeño instante antes de olvidarlo en sus brazos; corrió entonces hacia la recámara y con espanto notó la ausencia de las ropas de Andrés que ella misma ayudó a tirar, preguntándose hasta ese momento, cómo habría podido evitar empaparse antes de entrar a la casa. Pálida y sorda por el retumbo angustiante en su pecho, bajó de nuevo las escaleras sin notar que su bata había caído; salió a la calle buscando el coche, pero éste tampoco estaba ahí.
Entonces lo encontró: ensopado al pie de su puerta, en el matutino a colores en primera plana y a cuatro columnas, vagabundo de la vida, accidentado en su desventura.
Regina cayó pues sin sentido en un laberinto de mágica locura e imposibles muros, vestida únicamente con los besos de Andrés, cubierta de mar hasta el esqueleto, perdida para siempre en el embrujo de un sueño real...
.
.

13 junio 2009

Es el silencio que hoy sí...

No son los metros
que se convierten en kilómetros
y en miles que se han acumulado
entre vos y yo.

Es el silencio
que hoy sí...
se hace distancia.

Antes tardío y solidario
hoy se ha convertido en grito...

Nunca contra ti
que todo lo das...
Y paradójico;
ni contra mí
que todo lo di...

Sufro con este dolor
que se agarra a mi cuerpo
y emerge de lo más hondo
como alien desconocido.

Sólo que en mi caso
sé de dónde viene
y hacia dónde va...
viene de adentro y
va a perderse en el infinito...

Rogelio Coto Alfaro

Costa Rica
.
.

24 mayo 2009

Tu veneno

No puedo esconder lo que siento
se me escapa por la mirada
en cada parpadeo lento,
en un terremoto interno.

Se desliza por mi piel
en un temblor sudoroso,
en un hormiguero intenso
que pide a gritos tu veneno…
.
D.R. Flora Isela Chacón
.

23 mayo 2009

Andar en tus ojos

No cierres tus puertas
a mis ojos de hierba
a mis manos de oruga,
déjame andar un camino
que no tenga fin.

Quiero tu respuesta
a mi cuerpo de arena
a mi sueño de luna,
no importa si luego el destino
te separa de mí.

Derechos reservados. Flora Isela Chacón
.

17 mayo 2009

Táctica y estrategia

Adiós, Benedettí, mi táctica será recordarte...


Este domingo a los 88 años murió el escritor uruguayo Mario Benedetti, dejando tras de sí un gran legado literario. Descanse en paz

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé como
ni sé
con que pretexto
pero quedaremos en vos
mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé como
ni sé
con que pretexto
por fin
me necesites.

Mario Benedetti
.
.

11 mayo 2009

Vuelve… otra vez

Aún estás a tiempo de decir lo siento, no volverá a ocurrir; los pensamientos de una denuncia o una huida se me están apagando como la luz del ojo derecho, que parece ya no ser parte de mi cara sino de mi mano.
Los tambores en mi pierna ya se volvieron sordos, ya ni los siento porque poco a poco me llenan el cuerpo completo, me nublan el cerebro, los recuerdos… ¿Cómo nunca pensé en esto? Pero es que el velo de novia tiene algo de embrujo, cierra la mente y nubla el corazón…
Todavía puedes volver y besarme el chichón de la frente; mojarme la cara con tu falso llanto y prometer un cambio; aún puedo creerte porque ni un vecino se ha asomado con el espanto en su cara a verificar los daños; nadie me ha dicho todavía que me vaya lejos donde se me olvide tu nombre y el del cinturón. Y no es que no lo haya presentido antes, pero ahora… ya no sé de mí, ya no pienso… ya no vivo… ya para qué… Otro golpe más y ya no te llamo, otro instante más y… me escapo para siempre… otra vuelta más de mi cabeza y ya no podré sostenerla…
Por eso… ahora puedes volver a mi lado y marearme de nuevo y llorar también… decir tus palabras falsas como tú. Pero si vuelves, por favor… no me beses los ojos para no verte; ni me aprietes... me duelen los senos y tú sabes lo que es eso…
Aunque me arde la mueca estúpida que me quedó después de la tunda, lo único a festejar ahora, sería ese golpe a la parte baja que alcancé a propinarte… si no fuera porque eso te hizo enojar mucho más…
¡Ay! ¿Por qué siempre hay alguien que debe perder? ¿No podemos los dos ganar, los dos perder… o perdernos? Y no, no te preocupes, no buscaremos culpables, sé que siempre tengo yo la culpa, lo que no sé es por qué la tengo yo…
Pero vuelve, amor, no te sientas mal como me siento yo ahora, esto se pasará como tantas otras veces, aunque ¿sabes?, ahora necesito comprender algunas cosas, claro… si no te molestas…
Ven y explícame por qué tanta saña contra alguien que reconcilió sus diferencias contigo sin importar juicios ni linchamientos; alguien que perdió el rumbo de la vida por tu pelo suelto y tus ojos claros; dime ¿cuándo se trastocó el sentido de la relación y te volviste un monstruo que llegó sin aviso? ¿Cómo cambió la casa hasta convertirse en un ring donde extraviamos la vida? ¿Por cuál camino se nos fue el amor hasta encontrarme en un rincón llorando sin poder levantarme? Pero sobre todo, dime, ¿dónde aprendiste, Elisa, a golpear como un macho?

.
.

10 mayo 2009

¡Mamita!

“El espacio de la vida y la muerte” el título llena la hoja blanca como invitando a una meditación exhaustiva e inevitable, pero a esta hora y con este sueño, no logra llamar mi atención casi dormida. Si pudiera ni lo leería, pero debo corregir el libro como se llame y de lo que se trate.
En vano me acomodo en la soledad de la cocina, son las doce y estoy muy atrasada. Se oye un llanto… Es Alejandro. Aún no se duerme. Lo dejé un momento solo y de inmediato me gritó, ¿por qué tardará siempre tanto en conciliar el sueño? ¿Será por qué no quiere perder mi poco tiempo junto a él?
Egoístamente pienso en las muchas cosas por hacer, ni siquiera he cenado y él sigue con ese suave murmullo infantil del que no entiendo nada, haciendo remolinos por la cama revuelta, volteando la espalda y diciendo “Abásceme” mientras levanta su brazo izquierdo. Me recuerda a mi mamá, no le gustaba dormir frente a frente, siempre ordenaba “¡Voltéate para allá!” Porque decía que se robaba uno el aliento del otro. Eso sí, le gustaba dormir de cara a la ventana para robarle ella un poco de aire frío a la noche silente, buscando apaciguar su calor habitual.
Tal vez por eso, Alejandro no dura ni cinco minutos frente a mí, junta su cara a la mía, me da un beso y el calor lo aleja. Entonces se rasca la cabeza, se frota los ojos y confirmo su gran parecido con ella cuando era agobiada por el insomnio.
En la mesa de la cocina me esperan aún casi ochenta páginas por revisar; esta vez me ha tomado más tiempo del acostumbrado, más tiempo que robarle a Alex.
A mi mamá le daría risa verme hoy corrigiendo sueños ajenos y velando casi dormida el sueño de mi niño, siempre me decía: “Cuídamelo mucho, no te duermas si él no se duerme antes…” A veces es tan difícil cumplirlo…
Casi la una y apenas se ha quedado dormido luego de muchas vueltas y varios “Te amo, te queyo” con su vocecita leve, no sin antes conmoverme con un: “¿Qué hacemos, mamita?” Si supiera que antes hice la misma cuestión y todavía hoy sigo preguntando…
El texto sigue todavía en la página veintitrés, ¡tan joven y tan infame! y ese tema tan complejo: “La muerte en los rarámuri…” De nuevo llega el recuerdo de mamá. Esta vez ha dormido de frente y ha sido robado su aliento, sus pequeños ojos no se abrirán ya jamás, no ante mí, no como esa última noche suplicando el despido, cerrándose con total tranquilidad al recibir la muerte…
Alex se despierta llorando y gritando: “¡Mamita! ¡Mamita!” Tampoco a él le gusta quedarse solo en la inmensa cama, su emotivo llanto viene desde adentro como la vida, desde lejos como el recuerdo…
“¡Mamita! ¡Mamita!” Se escucha por los pasillos del hospital, es mi hermano desgarrando con su llanto hasta las sábanas de los enfermos en sus camas; nosotras en cambio, más cercanas, lloramos bajito lamentando más nuestra propia suerte que la de ella; los doctores irrumpen en un reconocimiento innecesario dando por terminado su expediente de dolor.
Mamá siempre señalaba la coincidencia de que en sus múltiples ocasiones de interna, a veces moría algún paciente cercano, el de al lado o el del cuarto de enfrente, “algún día me tocará a mí” decía, nosotros le respondíamos: “Ay, mamá, no hable de eso”, nos parecía algo tan lejano… Pero ese día se llegó demasiado pronto apoderándose del reloj ilegalmente hasta empalmarse con una noche gris y lluviosa. Una noche donde simplemente perdí a Alex, pues no recuerdo dónde estaba ni lo vi dando vueltas por hallarme luchando en distinguir el encendido de la plancha, buscando entre la ropa arrugada de mamá el atuendo preciso para ser el último en su vida; escogiendo zapatos, falda, ropa interior, demasiado interior… Y recibiendo de golpe entre el vapor, destellos de recuerdos antiguos y tiernos como en México cuando yo tenía apenas tres años y ella llegó de la clínica con mi hermana diciéndome: “!Mira lo que te traje!” o hace tres años cuando estuvo ahí conmigo acogiendo la vida, llamándole Alejandro…
El libro sugiere algo de la esencia de los muertos pero visto como un mito. Yo sé que es real, lo he sentido cuando la recuerdo mucho y me encuentro a alguien muy cercano a ella perdido ya entre los vaivenes de la memoria, o me pasa algo mágico como aquella vez que pensando en ella y sin relación alguna, vino a mi mente un pendiente por vencer al día siguiente. Por eso sé que está, porque mientras yo consuelo a Alex, siento el consuelo de ella como ráfagas de luminosa paz.
Esa misma paz transmitida en todo momento por ella, sobre todo en su última noche cuando con su escasa mirada dijo lo que no pudo con su voz; cuando dejé de recordar muy rápido por sentirme como en una película a blanco y negro con una historia distante, rodada en cámara muy lenta, cuando en la única escena del cuarto para las doce, súbitamente me llegó la soledad.
Sólo recuerdo haber dormido casi una hora, sin ver a Alex y luego de dar mil vueltas en una cama extraña clamando en silencio un abrazo cualquiera, teniendo enseguida a mi hermana que egoísta o demasiado cansada, escondía entre cobijas su propio dolor sin compartirlo conmigo, sin estirar un brazo ni recibirlo de mí…
Alex vuelve a llorar, ahora pide lechita entre su murmullo, se da una sola vuelta olvidándose ya del “Abásceme”, confiado en que a esa hora ya no lo dejaré.
El libro creció un poco y se detuvo en el último párrafo de la página cincuenta y cinco, donde mañana enmendaré una cacofonía en la frase final: “…la muerte es sólo cambio y nunca un fin; para nosotros es como un dormir y para ellos es empezar realmente a vivir…”

.
.

03 mayo 2009

Digo que no puede decirse el amor

Digo que no puede decirse el amor.
El amor se come como un pan,
se muerde como un labio,
se bebe como un manantial.
El amor se llora como a un muerto,
se goza como un disfraz.
El amor duele como un callo,
aturde como un panal,
y es sabroso como la uva de cera
y como la vida es mortal.
El amor no se dice con nada,
ni con palabras ni con callar.
Trata de decirlo el aire
y lo está ensayando el mar.
Pero el amante lo tiene prendido,
untado en la sangre lunar,
y el amor es igual que una brasa
y una espiga de sal.
La mano de un manco lo puede tocar,
la lengua de un mudo, los ojos de un ciego,
decir y mirar.
El amor no tiene remedio
y sólo quiere jugar.

Jaime Sabines
.
.

02 mayo 2009

misiva al mar

querido Marcelo:
tanto tiempo para decir nada, para sentir menos y para querer más; no te había escrito antes, lo sé, pero las palabras no se forzan, solitas salen y con mayor razón si se sienten motivadas por la guitarra de Silvio Rodríguez; así que fue esta noche y ahí voy... reencontrarte fue muy bueno y saberte ahí mucho más, que me recordaras fue increíble y recordarte imaginar otra vez, pero que me hablaras fue como no lo había sentido antes, como ya no recordaba que había sucedido más de una vez, porque ya el corazón no palpitaba de manera anormal, ya no era la loca queriendo salir corriendo de tanta emoción, por no saber qué decir o cómo hacerlo, más bien fue una emoción distinta, no menos grande, no menos placentera, pero sí diferente, qué quieres, así son las cosas cuando la distancia y el tiempo se enciman para entorpecerlo todo
pero no es que no sienta nada, al contrario, es que ahora el sentimiento se ha reposado, como el vino cuando lo dejas en la mesa listo para beber, todo en calma y ya puedo decir la alegría de saberte del otro lado del teléfono a miles de kilómetros de distancia, pensando en mí y diciendo mi nombre, y siendo ahí un poquito por mí, un poquito para mí a pesar de todo

es la nostalgia tal vez de aquellos tiempos, de aquellas cosas que sucedían y que ahora por más que queramos no tienen réplica ni para pelear, pero uno lo entiende y se conforma y se alegra, de verdad que sí, con lo poquito, aunque grande, que ahora pueda ser: un mensaje, un saludo, un besote, un reclamo, una llamada, algo pequeño, pero de gran valía. Para saber que sigues ahí, que seguimos ahí, con menos de aquello, con más de ahora, como sea, cuánto sea, pero qué felicidad tenerlo, qué alegría escucharte, qué poder tiene la voz de alguien querido para dejarnos temblando así, pensando así, sintiéndose así...
mi Marcelo, mi Mar, mi chileno tan lejano y a la vez tan cerquita, que casi puedo escucharte ahora mismo como aquella primera vez ...
quién sabe que sea, y por qué ya no sea igual, pero lo que es ES y qué bueno que sea, qué bueno sentirte, escucharte y quedar así, con la pìel chinita
p.d. te abrazo y te beso, no importa si tiene que ser con cubrebocas
.

.

01 mayo 2009

Igual

Y cuando se dio cuenta ahí estaba de nuevo amarrada a él. Ni siquiera le habia dicho adiós o que ya no, simplemente se había alejado sin explicaciones ni canciones de despedida. Sólo fue que un día ya no contestó al teléfono ni la llamó. Ya no se asomó por la ventana para verla pasar. Pero lo había hecho antes, dos o tres veces. Y lo hacía de nuevo. Ella se juró no volver a llorarlo, ni a pensarlo, ni a decir todas las palabras cursis que se dicen cuando se acaba la miel. Pero una sola carcajada, una sola canción, una sola mirada y se fue de nuevo al pasado. Y cuando se dio cuenta ya estaba de nuevo sintiendo tanto por él. Sola. Igual.

.

De las cursis...

Por qué de nuevo el recuerdo
para qué otra vez pensar en ti
sólo fue suficiente escucharte
con esa canción de fondo
y ya de nuevo ahí voy otra vez
maldita la hora penúltima
en que dijste de cerca mi nombre
en que creaste los sueños
en los que jamás creiste
en que estiraste la mano
y así, tan simple, me hiciste volar
atrás se quedan los besos
y las noches tibias
atrás los anhelos
y todo aquello que ya no llegará
sólo espero no verte tan pronto
ni hoy, ni mañana, ni ya nunca
aunque jamas será buen antídoto
que vivas tan cerca de mí...

.

30 abril 2009

Cuando tú nazcas

Cuando tú nazcas abre los ojos
toma la vida, es para ti
un mundo entero para que juegues
para que crezcas libre y feliz
todo un planeta entre tus manos
cuando tú vueles fuera de mí

Cuando tú nazcas ojala puedas ver el sol
y si aún existe el mar tan azul como duerme hoy
y que la lluvia
salte pura sobre tu piel
que aún sople el viento
y que juegues con él
y que la nieve
caiga blanca por Navidad
cuando tú nazcas
que tú nazcas en paz

Ojala que puedas conocer
los veranos que he vivido yo
y esos libros viejos que guardé
pensando en ti, hijo mío
que los bosques sigan donde están
que aún exista el dulce olor a pan
ojala que quede para ti un mundo como el mío
que la luna siga siempre ahí
vuelen las estrellas sobre ti
ojala te quede todavía un mundo como el mío.


Mocedades
.
.

29 abril 2009

Hasta mañana

Voy a cerrar los ojos en voz baja
voy a meterme a tientas en el sueño.
En este instante el odio no trabaja

para la muerte, que es su pobre dueño
la voluntad suspende su latido
y yo me siento lejos, tan pequeño

que a Dios invoco, pero no le pido nada,
con tal de compartir apenas
este universo que hemos conseguido

por las malas y a veces por las buenas.
¿Por qué el mundo soñado no es el mismo
que este mundo de muerte a manos llenas?

Mi pesadilla es siempre el optimismo:
me duermo débil, sueño que soy fuerte,
pero el futuro aguarda. Es un abismo.

No me lo digan cuando me despierte.

Mario Benedetti
.
.