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Carta de lector

viernes, 26 de julio de 2013




Señor director:
Apelo a su sentido de la humanidad y su amplio criterio para que publique usted en su periódico, ésta, mi carta, así como para que no me obligue a decir mi nombre, porque eso es de lo único que a veces uno puede sentirse seguro de ser cien por ciento propio. Ni la vida, ni los sueños, mucho menos las letras nos pertenecen. 

Le escribo desde mi noche ¿mi noche triste?, ya no las distingo de tan iguales. ¿La última noche de mi vida? No, ¡qué drama! Desde la última vida de mi noche, de entre los resquicios que aún quedan de ella; desde la oscuridad de la que pretendo sea mi casa… No debo encender la luz y menos a estas horas en que mi presencia sería más evidente. No puedo tener luz ni descanso, ni paz. Por eso estoy en una noche oscura permanente, ya ni siquiera en el día salgo y es que… ¿cómo explicarle?, sin que tome a mal mi cobardía, cómo contarle si ni yo mismo sé cómo empezar o cómo ordenar tanta odisea, sería mejor que alguien la contara por mí.

Pero ahora no quisiera acordarme… porque entonces podría llorar y llamar su atención y no quiero que vengan, esos seres de la noche que pueblan el sueño y el insomnio por igual, que me sujetan si me ven moverme o me zarandean para comprobar que sigo vivo y continuar con su acoso. Y cómo describirlos si nunca los he visto ni me hace falta, porque yo sé que ahí están, no me abandonan por más que les cante o les rece a mis santitos. No se van, me rodean, me obligan a sentirlos, a dejar a un lado el cuaderno y no seguir. Hasta el ruido de mi pluma les molesta, no me dejan ni siquiera ser yo. Creo que les gustaría que fuera otro, más abierto y menos cobarde. Pero eso no se cambia nomás porque sí, ¿verdad que no? Y menos se puede cuando todo parece normal.

No me dejan mover de aquí, desde donde le escribo, de forma anónima, ya se lo dije, y no tanto porque ellos se vayan a enterar de lo que he hecho, sino porque mi nombre ya lo perdí de tanto no usarlo, o ha dejado de ser mi nombre o ya no soy yo ése que mi nombre señalaba; ahora sé que soy algo así como “eso” o como “nada”, no sé… El otro día los oí decir que ya no servía para nada… ¿nada? ¿Cómo puedo ser nada y seguir siendo yo? O ¿cómo era yo antes del nada que soy ahora? ¿Cómo era mi todo que ya no soy? Usted sabe, señor director, que se puede ser nada, pero al ser nada estoy siendo irremediablemente algo, quizá algo sin valor como piensan ellos, pero finalmente, la nada es algo, entonces… ya no sé. 

Esos seres nocturnos ya no me dejan ser, ni mucho menos saber. Entran aquí, me miran, los ignoro; me envuelven, les temo; me preguntan cosas y no les contesto, señor director. ¡Ah!, pero es que eso a usted no le gusta, ¿verdad? Porque entonces su trabajo pierde sentido como lo perdió el mío. ¿Lo ve? Para qué aguantar tanto a los otros seres, los divinos, si de cualquier forma la oscuridad nos deja igual a todos; nos viste del mismo miedo a todos, de la misma soledad en compañía, de esa misma molestia que dan los seres nocturnos cuando irrumpen en medio de esa nada que dicen que ahora yo soy. 

Apelo a usted, en medio de este silencio, porque lo sé obligado a recibir y leer casi cualquier escrito que llegue a sus manos, y justo en ese momento me sentiré menos nada y un poco parte de algo, aunque sea a través de una página de su diario. Por un instante dejará de ser mi casa oscura, cuando el que trae los diarios grite en mi ventana y me aviente uno hasta mí y pueda ver en la página 4B que por lo menos usted, y ahora los lectores, ya saben de mí y de esta nada oscura que me obliga a ser lo que no era.

P.D. Por favor, le suplico que no me vaya a cambiar de sección, porque ya mismo están llamando a mi puerta.







Si yo fuera...

viernes, 19 de julio de 2013




El amor es un misterio tan complicado del que ni Sherlok Holmes pudo sacar nada en concreto ni elemental. Te atrapa sin más, sin defensa, como el frío en el invierno.

Te echa la red, te idiotiza y no te deja avanzar, ni pensar... ni... ni dividir, ni razonar, ni distinguir, escoger, meditar...

 Y ahí voy otra vez. El amor, camisa para loco sin fuerzas, ufano me atrapó esta ocasión y de qué insensata manera.

Verte y oírte una vez bastó para que ya así, tan simple, me prendara de tu conjunto de cuerpo y dentro... y he ahí lo misterioso, lo complicado, ¿por qué si vi, si supe, ¡si me dijiste!, que ya tu cuerpo no tenía más dentro porque afuera ya tenía celadora, aun así caí de esta forma tan absurda?

¿Por qué si no te tengo de lunes a viernes a una hora fija y sin compromiso, por qué te llamo a que vengas a mí? Y te veo, y te oigo y te siento, y ya quisiera irme contigo hasta el lugar donde vives y ocupar su lugar.

Así no tendría que esconder el amor, o lo que sea esto, y verte partir temprano, sabiéndote ajeno festejando el amor en su cama.

Así, seria yo quien te recibiera con los brazos abiertos, todo abierto para ti, sería yo quien tuviera tus días de descanso completitos para mí, sería a mí a quien dijeras te amo, ya llegué, buenas noches, la comida está fría.

Sería yo quien oyera tu respiración en mi oído cuando terminaras el amor, sería yo quien tuviera tu cuerpo sin necesidad de escondites o confesiones en domingo.

¡Ah! Sueño guajiro que no se cansa, sueño que llega de pronto y pronto se va... porque... pensándolo bien... si yo tomara su lugar no estaría ahora escribiendo esto suspirando por ti.

Estaría acostada contigo oyendo tus ronquidos, extrañando el amor y cuidando a tus hijos, soñando despierta, pensando que alguien más te sueña a ti...







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