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El amor es... según Flora Chacón

sábado, 8 de octubre de 2011



El amor es duende que se escurre, que travieso juega con el corazón o con la cabeza creándole dudas, fantasmas que se evaporan con la lluvia o permanecen sin sentido…

Es una sirena de canto poderoso que atrapa en la red aunque no quieras, sometiéndote hasta lo más hondo, donde no pueda protegerte ni la cera ni la ceguera…

Es una brecha que se abre a veces de a poquito, a veces de porrazo y aunque no lo creas, no será hacia el sujeto de tus suspiros, sino hacia tu interior, porque sólo quien ama se muestra a sí mismo como es y cómo espera ser amado…

Es una luz en la noche que desde la luna te verá perder la cabeza, la libertad y toda posibilidad de pensar claro, porque lanzará sobre ti una venda temporal o infinita, todo dependerá de tu resistencia

El amor no es soga ni salvavidas en donde esconder los miedos, en donde espantar a la soledad ni encontrar con quién morir o con quien calmar el fuego pasajero…

No es trámite que se resuelva frente a un juez ni con un pastel de tres pisos, no es el baile de una noche sino una danza que pudiera durar toda una vida… o unas cuantas horas y disfrutarse igual, todo radica en la convicción y el sentir…

El amor, con sus altos y bemoles, es bella sinfonía de dos o de uno, hacia uno o hacia todos; el amor no es un invento, o es realidad o sólo un pretexto, sólo un argumento no del corazón sino del sexo y así el amor no es…
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Hechizo

martes, 4 de octubre de 2011


Se sentó a verla mientras esperaba que terminara la visita familiar, demasiado excitado él para participar en la plática de los niños y del trabajo. Su pasatiempo era otro, más placentero y más útil que rendir cuentas sobre cómo iba la escuela y la casa, cosas que siempre quería saber su suegra, como si no fuera evidente, pensaba él.

Pero ahí estaba otra vez, en la obligada visita familiar, aunque desde hacía algunos días atrás, era la vecina la que le hacía sentarse en el sillón frente al ventanal, donde acurrucó la vista muchas veces con el pretexto de cuidar el coche estacionado afuera.

Ahí, amparado por la oscuridad, se asomaba por las ventanas clandestinas de su temblor, para sorprender a la vecina en el cambio de piernas cuando ella se sentaba a tomar el fresco de la noche en la banqueta solitaria…

Podía verla pasar rumbo a la tienda con un pretexto tonto, y entonces pensaba que ella también lo vigilaba a él, lo miraba mirarla, y quizá también lo sentía sentirla en sus sueños, en su fantasía que desde hacía bastante tiempo le seguía a todas partes, que no la dejaba ni tras la cortina, donde imaginaba su figura quitándose la ropa, disponiéndose a dormir.

Y luego el pensamiento tras de ella, hurtándole el sueño, porque entonces era ella la que no podía dormir, preguntándose por qué demonios y a esa hora, pensaba en él. Por qué recordarlo pegado a la ventana mientras sentía una especie de corriente helada, quizá un presentimiento, como si a esa hora y de pronto, él también pensara en ella, aferrado a un rizo y una vela roja.
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