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Los pasos perdidos

sábado, 27 de diciembre de 2008


Arcadio la esperó aquella noche tiritando de fiebre en la hamaca. Esperó sin dormir, oyendo los grillos alborotados de la madrugada sin término y el horario implacable de los alcaravanes, cada vez más convencido de que lo habían engañado. De pronto, cuando la ansiedad se había descompuesto en rabia, la puerta se abrió. 

Pocos meses después, frente al pelotón de fusilamiento, Arcadio había de revivir los pasos perdidos en el salón de clases, los tropiezos contra los escaños, y por último la densidad de un cuerpo en las tinieblas del cuarto y los latidos del aire bombeado por un corazón que no era el suyo. Extendió la mano y encontró otra mano con dos sortijas en un mismo dedo, que estaba a punto de naufragar en la oscuridad. Sintió la nervadura de sus venas, el pulso de su infortunio, y sintió la palma húmeda con la línea de la vida tronchada en la base del pulgar por el zarpazo de la muerte. 

Entonces comprendió que no era esa la mujer que esperaba, porque no olía a humo sino a brillantina de florecitas, y tenía los senos inflados y ciegos con pezones de hombre, y el sexo pétreo y redondo como una nuez, y la ternura caótica de la inexperiencia exaltada. Era virgen y tenía el nombre inverosímil de Santa Sofía de la Piedad. (...) 

Arcadio la había visto muchas veces, atendiendo la tiendecita de víveres de sus padres, y nunca se había fijado en ella, porque tenía la rara virtud de no existir por completo sino en el momento oportuno. Pero desde aquel día se enroscó como un gato al calor de su axila. 

(...) Más tarde, cuando las tropas del gobierno los desalojaron del local, se amaban entre las latas de manteca y los sacos de maíz de la trastienda. Por la época en que Arcadio fue nombrado jefe civil y militar, tuvieron una hija.

(...) Al amanecer, después de un consejo de guerra sumario, Arcadio fue fusilado contra el muro del cementerio. En las dos últimas horas de su vida no logró entender por qué había desaparecido el miedo que lo atormentó desde la infancia. Impasible, sin preocuparse siquiera por demostrar su reciente valor, escuchó los interminables cargos de la acusación. Pensaba en Úrsula, que a esa hora debía estar bajo el castaño tomando el café con José Arcadio Buendía. Pensaba en su hija de ocho meses, que aún no tenía nombre, y en el que iba a nacer en agosto, Pensaba en Santa Sofía de la Piedad, a quien la noche anterior dejó salando un venado para el almuerzo del sábado, y añoró su cabello chorreado sobre los hombros y sus pestañas que parecían artificiales. Pensaba en su gente sin sentimentalismos, en un severo ajuste de cuentas con la vida, empezando a comprender cuánto quería en realidad a las personas que más había odiado. (...) 

En la escuela desportillada donde experimentó por primera vez la seguridad del poder, a pocos metros del cuarto donde conoció la incertidumbre del amor, Arcadio encontró ridículo el formalismo de la muerte. En realidad no le importaba la muerte sino la vida, y por eso la sensación que experimentó cuando pronunciaron la sentencia no fue una sensación de miedo sino de nostalgia. No habló mientras no le preguntaron cuál era su última voluntad. -Díganle a mi mujer -contestó con voz bien timbrada- que le ponga a la, niña el nombre de Úrsula -hizo una pausa y confirmó-: Úrsula, como la abuela. Y díganle también que si el que va a nacer nace varón, que le pongan José Arcadio, pero no por el tío, sino por el abuelo. 

Antes de que lo llevaran al paredón, el padre Nicanor trató de asistirlo. «No tengo nada de qué arrepentirme», dijo Arcadio, y se puso a las órdenes del pelotón después de tomarse una taza de café negro. (...) Camino del cementerio, bajo la llovizna persistente, Arcadio observó que en el horizonte despuntaba un miércoles radiante. La nostalgia se desvanecía con la niebla y dejaba en su lugar una inmensa curiosidad. Sólo cuando le ordenaron ponerse de espaldas al muro, Arcadio vio a Rebeca con el pelo mojado y un vestido de flores rosadas abriendo la casa de par en par. Hizo un esfuerzo para que le reconociera. En efecto, Rebeca miró casualmente hacia el muro y se quedó paralizada de estupor, y apenas pudo reaccionar para hacerle a Arcadio una señal de adiós con la mano. Arcadio le contestó en la misma forma. 

En ese instante lo apuntaron las bocas ahumadas de los fusiles y oyó letra por letra las encíclicas cantadas de Melquíades y sintió los pasos perdidos de Santa Bofia de la Piedad, virgen, en el salón de clases, y experimentó en la nariz la misma dureza de hielo que le había llamado la atención en las fosas nasales del cadáver de Remedios. «¡Ah, carajo! -alcanzó a pensar-, se me olvidó decir que si nacía mujer la pusieran Remedios.» Entonces, acumulado en un zarpazo desgarrador, volvió a sentir todo el terror que le atormentó en la vida. El capitán dio la orden de fuego. Arcadio apenas tuvo tiempo de sacar el pecho y levantar la cabeza sin comprender de dónde fluía el líquido ardiente que le quemaba los muslos. -¡Cabrones! -gritó-. ¡Viva el partido liberal!

Gabriel García Márquez
Cien años de soledad
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Cosa rara

viernes, 26 de diciembre de 2008


Y se vio de pronto caminando abrazada de alguien en un parque lleno de gente, y para su mayor asombro, esta vez no tuvo verguenza.
No tuvo miedo de que alguien la viera tratando de ocultar la ansiedad, el delito del enamorarse casi de pronto y de quién sabe quién.
No le importaron las miradas curiosas, ni las palabras venenosas, ni todos aquellos temores tontos, que tal vez le impidieron algún día caminar del brazo de alguien.
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Navidad

jueves, 25 de diciembre de 2008


Y de nuevo ocurrió. Quién sabe bajo qué constelación todo se acomodó para que un jueves cualquiera se encontraran de frente. No como se habían pensado el uno al otro, no como sonaban en el celular, no con el corazón en reposo ni la imaginación tranquila. Algo había cambiado para que de pronto, en un solo momento oscuro y frío, se reunieran en una breve palabra todas las ansías contenidas desde que lo descubrió mirándola y a ella sometida bajo esa mirada. Desde que se descubrió a sí misma pensando en él e imaginando una noche entre sus brazos. Algo llegó para sí, y de nuevo se vio escribiendo versos cursis en las hojas de su calendario, para un día no lejano recordarse en el mismo lugar, cuando de la mirada pasó al abrazo y del pensamiento a un latido constante, que la colocaban, ya sin escapar, en la vida de otro, de ese otro que jamás pensó.
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Mi hora feliz

sábado, 13 de diciembre de 2008

Mi hora feliz
es cuando por las mañanas
al abrir los ojos
tengo la oportunidad
de respirar
de observar el mundo
y de ver la gran oportunidad
que la vida
me está otorgando
una vez más
para poderte tocar
poderte respirar
y sentirte entre mi manos
que se quedan cortas
para poder gozar
todo tu ser.

Mi hora feliz
es cuando te digo te amo
y tú con una sonrisa
suave, pero sugestiva
me regalas el mundo
que nos rodea.

Mi hora feliz
es cuando te veo dormir
porque sé que dentro de unas pocas horas
volveré a tenerte sólo para mí.

César Chávez
Chihuahua, Chih
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Ella se toma los naufragios como remedio, y yo pienso que soy capitán de barco

viernes, 12 de diciembre de 2008

Ella piensa que después del naufragio principal cada uno de los siguientes la acerca más a la orilla. Y convencida de sí, huye de cualquier señal que la conduzca a enterarse que, uno a uno, los naufragios subsiguientes la han mandado más adentro en el mar. 

Ella cree que es posible escapar del sino de los abandonados si recurre a la vieja fórmula de los piratas: beber; ganarse la comida del día y beberse la noche con ron; dejarlo todo por un rato y a la mañana retomar las tareas del Sísifo interior: hundir su barco, el siguiente. 

Ella no tiene cabeza para reparar mastines y velas. Mejor hace de las astillas su esperanza, porque se ha vuelto especialista en construir, de los restos de cada hundimiento, un nuevo velero que la lleve a otro naufragio. Y confía en que ese que viene la arrime a tierra, y no: la conduce mar adentro. Mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, naufrago yo.


La primera vez que se le vio naufragar, flotaba abrazada de un amarre de cajas, cada una marcada así: “Frágil”. Pero no le duraron una tormenta, aunque ella quisiera. Esas cajas, las “Frágil”, no estaban para resistir a alguien; todo lo contrario, eran para garantizar el hundimiento, su hundimiento.

Ella piensa que es posible sacudir el mar. Cree que cada barco que hunde conmueve las entrañas del Enorme Extraordinario. Deliberadamente instalada en el engaño, cierra los ojos para no contar las astillas que le van quedando, cada vez menos. No se rinde aún frente a las señales que le dicen que muy pronto quedará sin posibilidades de maniobra y vulnerable, mar adentro de su propio corazón. Y mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, navego yo.

Mar adentro estamos muchos, los tantos que naufragan. Imposibilitados, nos resignamos a hundirnos; o mandamos luces de bengala (que nadie ve porque nos hemos alejado de la playa); o sacamos fuerzas para rehacer barcos que de inmediato hundimos; o somos de los pocos afortunados que ven a los lejos una luz oscura: la luz del otro.

(Me hago ilusiones: De sus pómulos obtengo el coraje; de sus alergias, que no conoce, construyo un timón; de su cabello negro rehago un casco, y proa y popa las saco de repetir su nombre. Junto mis astillas con las de ella, restos de incontables naufragios, y me nombro capitán de un barco al que ella no sabe que ya se ha subido. Piensa que después del naufragio principal cada uno de los siguientes la acerca más a la orilla, y me engaño creyendo que esa orilla soy yo, a pesar de que estoy mar adentro, muy mar adentro, tan mar adentro que se me han acabado las astillas y grito por mi propia salvación).

Ella cree que es posible escapar, pero delira: en su fiebre no se da cuenta que duerme, ahora, en el camarote de un buen capitán de barco que nació en el desierto. Ese capitán soy yo. 

Ella es especialista en los hundimientos, pienso ahora que la veo dormida. Ata y desata amarras y velas. Sube y baja banderines de auxilio y de pirata para causarle desconciertos al mar. Entonces una ola cualquiera le cumple el deseo. Nos hundimos con ella. Nos vamos más adentro en el mar. Y mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, yo quiero seguir.


Alejandro Páez Varela
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De regreso

jueves, 11 de diciembre de 2008

Es la bitácora de un viaje infinito
noche a noche encallando en la misma arena
sorteando la misma tormenta
letras, signos, números para plasmar el recorrido
partiendo de tus ojos, para llegar a ninguna parte
la hoja pasa y de nuevo tu mirada fuerte
un abrazo, una seña o una palabra basta
para otra vez caer en tu vaivén
mientras se estampa la fecha en que te olvido
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Al final

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Y al final siempre termino buscándote,
cuando el silencio y la oscuridad me atrapan,
tiendo la mirada para abrazarte
y los ojos los cierro al mundo.
Qué difícil instante,
reflejarse en tu sombra hueca,
escuchar tu voz,
que retumba en la ruina de mi ser.
Y que ofrecerte,
las brazas de mi amor,
el calor de mis manos,
el hambre de mi cuerpo.

Clemente Alvarado Franco
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Vuelo de mariposa

viernes, 5 de diciembre de 2008


(fragmento de una conversación entre una mujer rarámuri y un gato negro iniciada en las altas barrancas por donde suben los sueños, las palabras y las mariposas)


Cristales cristalinos de crisálida...
intentando crecer...
a la espera de nuevas alas...
que den sentido a su corazón...
en un viaje en espiral...
hacia su interior.

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