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Esos nueve días...

miércoles, 26 de marzo de 2014



-Aquí traigo todas tus cosas.
-Mi toalla de los Simpson…
A veces se dicen muchas pendejadas, pero pocas veces se puede culpar a la epidural. De antemano sabía que este 14 de febrero sería diferente. Llegué, ahora sí, puntual a la cita, muy valiente yo sola, muy obediente sin celular, muy afortunada con apenas siete pesos en la bolsa, que me permitieron hablarle a mi papá para que regresara a entregarme y recoger mi ropa. Con lo inesperado, seguro olvidó que le dijeron que ahí mismo debía permanecer al día siguiente desde las dos de la tarde, cuando daría inicio la cirugía, mi tercera cirugía, y no dar vueltas y vueltas de un módulo a otro, preguntando por mí sin encontrarme, y sin dejarse ser encontrado cuando con emergencia, preguntaban por un familiar. Gracias a dios Lily, quien me dijo que me buscaría tras la cirugía, estaba ahí y fue ella la que firmó cuando así fue requerido.
La primera noche fue terrible, en la clínica de ginecobstetricia no había papel "desde hace un mes" y a mí se me olvidó llevar; lo que me hizo odiar un poquito a mis tres compañeras de sala porque ellas sí tenían un celular para pedir cuanta cosa quisieran, así que una de ellas pagó el precio "claro que sí, toma el que quieras".

Toda la tarde y noche circularon por ahí bastantes enfermeros, enfermeras, residentes, asistentes, trabajadoras sociales, aunque yo sólo después recordaba el nombre de uno “Paolo”, y a otra que mientras a mí me aterrizaba mi realidad de la manera más cruda "¿cuántos hijos tuvo?", a otra señora le reclamaba su exceso de maternidad "y qué vas a hacer con tres hijos que ya tienes y tres que estas esperando?”, “salir en la foto con el gobernador cuando le entregue unos pañales”, le dije yo. A veces ni en el dolor ni en la ansiedad de estar en un hospital lejos de casa y de la familia, se perdonan las fallas, “soy capaz de esconderme debajo de la cama”, respondió ella, de nombre Sugey y residente en Ignacio Zaragoza.

A pesar de todo, dormí bastante "qué a gusto” dijo una, más para desquitar todas mis desveladas y el cansancio acumulado, que para aplacar los temores que se instalaron en mi apachurrado corazón desde que me dijeron que dentro de mí había un inquilino bastante crecido y que seguía creciendo aunque no fuera a ser niño ni niña, ni tampoco cáncer, como afortunadamente me lo dijo el doctor Simi en un papel. Pero que tampoco era influenza o cirugía plástica, como me pregungaron después.

Si bien le tenía mucho miedo a la anestesia, no estaba nerviosa ni mucho menos. Aunque de cualquier manera, el viernes llegué al quirófano con una presión bastante alta a pesar de que me sentía bien, porque para entonces ya me había convencido de que cualquier cosa que pasara, iba a pasar estuviera nerviosa o no; aunque el verdadero riesgo fue que ya con la epidural puesta y las piernas dormidas, las enfermeras seguían preguntándose quién me iba a operar, porque la doctora De Anda "ya había operado".

Gran parte de lo que sucedió en el quirófano, fácil podría ser parte de una película de Buñuel, los calambres en la pierna izquierda, la sensación de no tenerlas, el escucharlos bromear con un regalo sexy de 14 de febrero para la doctora, el sentir las náuseas y luego las manos del anestesiólogo sobre mi cabeza diciendo “todo va a estar bien, Florita”, el escucharlos después preguntándose si “¿es el mioma o el ovario?”, el voltear constantemente al monitor para vigilar mi presión, que para entonces había bajado ya, hasta lo último que me pareció escuchar “una unidad”, no supe si de sangre, que me pidieron desde que me programaron, y que, a pesar de su miedo a los hospitales y a la sangre, Karla me donó; o si era que ya habían cortado lo que no debían y estaban pidiendo la ambulancia para mí.

Lo que pasó después, como lo recuerdo, también podría ser de una película, de esas donde la cámara, como una mirada, se va cerrando y abriendo con más recuerdos que hechos. Yo en la ambulancia, sin saber por qué ni a dónde me llevaban, la mano de Lili en mi pierna “aquí estoy contigo”, la cara sonriente de Alex por la ventanilla de la ambulancia, que luego me parecía más un sueño de un acto real; el anestesiólogo parado a un lado mío ya en el Hospital Morelos, Lili del otro lado; yo despertando en una sala de recuperación para varones porque no había camas; un enfermero quitándome, a las cuatro de la mañana, el primer drenaje del “penrose” que me pusieron del lado derecho. Y en todo eso, yo sin dolor, drogada, somnolienta, tranquila y todavía con ánimos de bromear sobre una simple toalla.

Nunca supe el riesgo en el que estuve. Aunque ya después me daba risa pensar en que otra película pudo ocurrir, una de Cantinflas o Pedro Infante, si la ambulancia, por algún extraño motivo, hubiera chocado, ahí me hubiera visto volando por los aires, con mi bata verde y mi gorrito en la cabeza, con el vientre abierto, sin matriz, con el uréter derecho roto, con el riñón en peligro, sin consciencia.

Nueve días pasaron entonces, en una sala de puras mujeres, y en la que a cada interna “nueva” se le hacían las preguntas de rigor, qué te pasa, de qué te operaron, cuándo sales. Nunca faltó la señora que a media noche rompía a gritar porque le dolía, a la que dejaban sola con su colostomía y su silla de ruedas, la que le subió la presión a más de 250 y lloraba como presintiendo el fin, y una vez restablecida criticaba a todo mundo, ni a mí me dejó viva porque el mismo subdirector del hospital fue a verme.

La estancia en un hospital es una experiencia que de plano o te hace más fuerte o te vuelve una inútil, todo depende de tu fuerza de voluntad… y de cuánta gente vaya a verte. Pasé seis de esas noches sola y ahora sé, gracias a Johannes, que tengo un hijo muy independiente a sus 13 años, porque sólo una vez me llamó y fue para pedirme permiso para una fiesta; también gracias a Johannes sé que uno no puede exigir lo que uno no da; y sé entonces quién está, y que las visitas de Mary, Karla, Lili, Ana, Delia, Adriana, Silvia, José, Iván, Linda, Mayra, Miguel, Memo; las llamadas de Graciela, Marisol, Osman, Carmen, Rosalba, Karla, Lupita; los muchos mensajes en face, whatsapp y de texto, proveen de una fuerza increíble para la recuperación, uno se siente llena de ánimos, apapachada, importante; sobre todo cuando Mary León llegaba al salir del trabajo o luego de una merecida siesta, o cuando Karla Leyva dormía a su niña para luego ir a verme, por la noche, para acompañarme a caminar e incluso quedarse luego de dormirme yo. Aunque también descubrí que las redes sociales no deberían ser para interactuar con alguien cercano, sino con la gente que está lejos, pero ese es otro cuento.

Nueve días en un hospital del “temible” Seguro Social, al que todo mundo le saca la vuelta, y el que pondría en jaque a todo el país si desapareciera, como lo dijo Silvia en una de sus visitas; volverían loco a cualquiera, como una paciente que se paseaba en silla de ruedas y de quien todo mundo decía que estaba loca, y nos lo hacía saber sobre todo por las noches cuando gustaba de gritarles a enfermeros y doctores, con guardia de seguridad como testigo. Nueve días en que varios enfermeros pasaron por ahí con sus historias particulares, el de gran tamaño y relojazo en la muñeca y al que todos llamaban “Chuyito”, la que una mañana se dijo “toda estresada” porque una paciente a la que había colocado una sonda naso gástrica, sangraba; más estresada quizá hubiera estado en el turno de noche, cuando la joven paciente murió, y el pasillo se llenó de lamentos y gritos, y la sala de comentarios tan crueles como el de la señora de la presión alta “para qué lloran si ya se murió”; o la enfermera que de plano me dejó ver su gran “vocación” al responder “y luego?” cuando le dije que tenía sangrado, ganas no me faltaron de decirle “que me acaban de quitar la matriz y no tengo por qué sangrar, pendeja”. Se entiende que sea complicado trabajar con cuerpos, más que con seres humanos como muchos lo demuestran, se entiende que la demanda, del sistema en sí, rebase a sus recursos, se entiende que hay errores humanos aunque los suyos desafortunadamente pueden ser mortales, pero bien podrían poner más empeño en la atención a los pacientes, recoger más a menudo la basura de los baños, hacer su mejor esfuerzo en fin, como si compitieran por el premio Avedis Donabedian, por ejemplo.

A veces uno no entiende la responsabilidad de vivir, pero hay moments para mostrar fortaleza y ecuanimidad, como me dijo mi papá por mensaje, cuando pasaban los días y nadie de mi familia volvía, y sí, fue el momento. “Ella deambula, corre y hace lo que le da la gana”, dijo en broma una de las enfermeras al hacer el reporte de cada paciente en el cambio de turno, y sí, a mí muy pocas personas me ayudaban a levantarme, a descolgar y colgar el suero, que me cambiaron cinco veces porque “no tiene venas” y se me hinchaban bien pronto las manos. Casi nadie me ayudaba a tomar la botella de agua o ir al baño, casi nadie como la primera mañana, en la que no sabía aún si debía levantarme, por aquello de la doble operación y el catéter que me dejaron dentro, y la hija de la señora de la presión se levantó a acercarme la charola del desayuno y a dejarme un pedazo de papel para limpiarme las lágrimas, “pobrecita, está sola” pensaron, supe después.

Los nervios previos a la operación se fueron todos. Ya ni siquiera tenía el miedo de que el asunto del catéter no funcionara y perdiera el riñón. Sabía y sentía que debía estar tranquila, que debía esperar tan sólo el desayuno a las ocho, la comida a las doce y la cena a las seis, pero nada más, porque todo estaba en manos de dios. Leer los libros que Lili y Mary me llevaron, escribir a pedazos esta aventura hospitalaria en el celular, caminar a veces por el pasillo de ventana a ventana y ver la guardería y la estación del vivebús, y dormir, dormir y a veces soñar, y a veces también mirar el amanecer por el gran ventanal, que Miguel retrató de tarde, pero que de madrugada ofrecía un espectáculo que ya quisiera Bob Ross, allá junto al Cerro Grande, como unas pinceladas que iban de negro a rojo, luego a rosa; y de pronto se volvían grises, e iban dejando ver un cielo azul, limpio, mientras poco a poco las luces mercuriales se iban apagando y el sol pegaba de lleno en la antigua sucursal Torre de Bancomer.

Esperar el día con la ansiedad de lo ignorado, ver la ciudad desde un cuarto piso, sentir la soledad y la serenidad de un hospital, donde la vida y la muerte se rozan por apenas un hilito, me hicieron perder quizá el irracional miedo a morir que tenía, pero no los ánimos de seguir esta película.



2 comentarios:

  1. Hola,he leído su relato y me gustó mucho.Hace tiempo leí un cuento de su autoría;"posdata"cabe destacar que sus escritos contienen una efusiva descripción emocional. Éste relato que encontré en su blogs lo relacione con unas palabras de uno de sus cuentos;"los escritores van cazando momentos que duermen entre la vida y la imaginación, para rescatarlos y hacerlos tangibles".

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    1. hola, muchas gracias por pasar por aquí y dejar tus letras, te darás cuenta que a veces tardo yo en regresar acá. Gracias también por tu lectura y lo que me compartes, agradecida siempre. Saludos

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